Contigo muero, sin ti también lo haré...
Tal día como hoy de hace veinte años te dejé de la peor manera que se puede abandonar algo. Queriéndote.
Destilaba hacia ti deseo, una obsesión que parecía no tener fin y que se acrecentaba más y más cuando te tenía. Por eso separarme de ti no fue fácil. Donde quiera que iba tu aroma me acompañaba penetrando hasta lo más hondo de mis entrañas y removiendo, una y otra vez, el aire de mis recuerdos. Recuerdos de días a tu lado en los que te saboreaba en mis labios, en los que te acariciaba con mis dedos, en los que sorbía hasta el último milímetro de tu cuerpo que siempre se ofrecía solícito. A mi y a tus millones de amantes con los que flirteabas descaradamente. Pero no me importaba porque yo tenía suficiente con esa mirada tuya, encendida, que se había apoderado de mi ser.
Sé, y de hecho lo sabía entonces, que de haber continuado contigo hoy sería un guiñapo, un muerto en vida. Me ibas consumiendo poco a poco y, paradójicamente, eso sucedía cuanto más te consumía a ti. Se convirtió en una lucha en el que uno de los dos no debía sobrevivir. O tu o yo. Y elegí vivir sin tu compañía.
Hoy y cada día como hoy, conmemoro nuestra separación sabiendo que tu me sobrevivirás, como la muerte lo hace con todos nosotros. Porque tu, en todas las formas que adoptas, eres la muerte.